II
Corta me parece la dimensión de un artículo para escribir acerca de la dama de tantos méritos y de tan grandes virtudes y talentos, que se llamó doña Belinda de Ayala, viuda del Patriota y Sabio puertorriqueño don Eugenio María de Hostos.
Y por eso viene este segundo a completar el anterior, publicado, hace quince días, en esta revista.
Para escribir de ella lo que más interese, nada me parece mejor que seguir rebuscando, entre sus cartas, todas interesantísimas, lo referente a sus grandes amores, a sus grandes entusiasmos, a su gran culto por el santo ideal de toda su vida.
Uno de sus propósitos de mujer amiga de hacer el bien y amante de la patria de su esposo, fue el establecimiento, en Puerto Rico, de una «Liga de Niños», similar a la establecida en los Estados Unidos por la celebrada escritora norte-americana Mrs. Hogan, que dejó regada tan buena semilla, a su paso por nuestra isla.
Ya que el país no quiso disfrutar de los beneficios, que ofreciera el Apóstol, con su «Liga de Patriotas Puertorriqueños», pensó su viuda en ofrecer a la isla los beneficios de la «Liga de Niños».
En la carta de setiembre 8 de 1904, me escribía:
«Si consigo afirmar los cimientos de «La Liga», en San Juan, he pensado en su esposa para la fundación del Comité en Añasco, pues ese y otros más se establecerán en la Isla.
«Le envío la carta exposición que se le ha hecho a las madres de familia pudientes, para darles una idea de los resultados que pueden conseguirse con la «Liga».
Así empezaba la exposición dirigida a las madres puertorriqueñas:
«Formado el Comité a cuya Presidenta diera la notable escritora Mrs. Hogan, el encargo de establecer la «Liga» en Puerto Rico, y patrocinada ésta por la alta personalidad del Sr. Director de «La Correspondencia», las Sras. que han tomado a su cargo obra de tanta trascendencia han creído, desde el primer momento, que deben pedir su apoyo moral a las madres de familia, no solamente por creer necesario ese apoyo en el seno de los hogares, sino porque seguras como están de los benéficos resultados que esa obra reportará a la infancia puertorriqueña, quieren compartir con ellas la satisfacción del éxito».
Y terminaba así la interesante exposición, que por su estilo, fue escrita indudablemente por doña Inda:
«Pero si estos resultados serían efectivos en el campo del Arte y de la Ciencia, de mayores consecuencias sería para los fines altruistas de toda sociedad culta y bien organizada, el hacer vivir a sus niños en el Bien y para el Bien!»
Como ésta, así eran todas las obras, que ideaba o patrocinaba la buena de doña Belinda de Ayala.
Lástima grande que el país, en 1904, no respondiera al llamamiento de la fundadora de la «Liga de Niños», como tampoco respondió, en 1899, al del fundador de la «Liga de Patriotas Puertorriqueños», tan obra de bien la una como la otra, grandes ideas de dos cerebros gemelos.
En todas sus cartas había un recuerdo, un párrafo, un concepto, que se relacionaba con la memoria del amado ausente.
En la misma carta de setiembre 8, me escribía:
«Le incluyo una carta de mi amigo don Federico Henríquez Carvajal, para que tenga, una idea de lo que se hizo en Santo Domingo el once de agosto, y vea a lo que obedece el atraso del Libro-Ofrenda».
El once de agosto era el aniversario de la muerte de don Eugenio María de Hostos y el Libro-Ofrenda, el que sus discípulos publicaron a la memoria del Maestro.
Me parece de sumo interés y de gran importancia histórica publicar el mejor trozo de su carta de julio 29 de 1904:
«A pesar de las nuevas penas que abstraen mi alma en el dolor, no he querido que nadie dé al más fiel de los prosélitos de la «Liga», o sea Unión de Todos, que eso era, como Ud. sabe, el primordial propósito de nuestro gran Hostos, la noticia que seguramente va a llenar de júbilo su corazón. Al fin los nuevos unionistas de hoy se deciden a reconocer a Eugenio María de Hostos el iniciador de ese gran fin. En la velada que el Ateneo celebrará y que ya es un hecho, puesto que ayer recibí una nota del Sr. Quevedo Báez, en que pide le prestemos, para esa noche, el retrato de nuestro Hostos, hablará el Dr. del Valle y hará sus declaraciones. Por supuesto que no los guiará sólo un espíritu de justicia, pues a juzgar por lo que le oí al Dr. Rossell, que estuvo a vernos y fue el que me dio la noticia, ellos piensan sacar alguna ventaja de esas declaraciones; puesto que al contestar yo a Rossell: «ese acuerdo de Uds. es honrado y honroso; no por decir quién fue el que quiso llevar a cabo la obra, que es la única que salvará la dignidad del pueblo de Puerto Rico, será menos grande la gloria de los que la lleven a cabo…», me contestó: «Vamos a ver... vamos a ver qué efecto produce...» Pero como Ud. ve, sea un móvil u otro... ¿Triunfaremos? Por el bien de esta infeliz fierra, por la memoria de nuestro gran Hostos, por los verdaderos patriotas, que no buscan el menguado medro sino la salud de la patria que tienen; (perdóneme si me excluyo, amando como amo a esta tierra, que tantas lágrimas y sacrificios me cuesta), por eso, por todo eso, me alegraría... aunque el motivo de esa alegría me produciría el más agudo dolor... ¡Ya Ud. me comprende...! un triunfo que él no vería.»
Así pensaba la inolvidable, la buena doña Belinda de Ayala, viuda de Hostos.
Manuel Guzmán Rodríguez
Mayagüez, P. R.
Guzmán Rodríguez, Manuel. “Doña Belinda de Ayala Viuda de Hostos” Parte 2. Puerto Rico Evangélico 6, No. 8 (25 de octubre de 1917): 3.